Suele decirse que enseñamos mejor lo que más tenemos que aprender.
Ciertamente el entorno político-social que nos rodea, no está facilitando precisamente la autoestima de nadie.
Existiendo personas tan ocupadísimas en llenarse los bolsillos con posesiones ajenas, desconcierta y con creces la desconfianza popular.
Al márgen de las leyes variables del ser humano a lo largo de la historia, hay otras invariables que no se han modificado desde el principio de los tiempos.
Pongamos el ejemplo de la ley de la gravedad.
Para que esta deje de surtir efecto hay que salir de la estratosfera terrestre.
Pero si nos quedamos aquí, que es lo que nos toca, no conseguiremos flotar por encima de los elementos por más que lo deseemos.
Hemos he rendirnos ante la evidencia y convivir con ella.
Siguiendo con la Ley de la Gravedad, podemos elaborar un sencillo ejercicio.
1.
Póngase de pie con un bolígrafo en la mano.
2.
Abra su mano y déjelo caer.
3.
Agáchese a recogerlo.
4.
Repita la misma operación cuatro o cinco veces.
La pregunta obligada sería: “¿Qué le ha fatigado más, lanzar el bolígrafo o volverlo a tomar?”.
Es de cajón que se decantará por la segunda opción.
Pues nuestro hábitat es exactamente así, un mundo caído, nos guste o no.
Lo más cómodo es el ver las pegas, los peros y los defectos ajenos para compensar nuestra propia falta de aceptación.

No significa que estos no existan mas nos falta empuje para tratar de equilibrar el otro lado de la balanza.
La Grafología no se escapa tampoco de esta trampa.
Según vamos analizando vemos con meridiana claridad un alud de cosas horribles que no desearíamos ver.

Y es que no lo podemos remediar…funcionamos como seres caídos en un mundo caído.
¿Nunca ha tropezado, rodado y se ha vuelto a levantar? ¡Claro que sí!
A todos nos pasa de cuando en cuando.
Si el porrazo ha sido mayúsculo precisará de ayuda externa pero con cierta dedicación y voluntad podrá superarlo.
En esto debería consistir nuestra labor pero empezando por uno mismo, lo cual me incluye.

Cuando tengo problemas intento descubrir aquello que realmente me emociona.
¿Cuáles son los actos y los pensamientos que me agitan hasta el mismo núcleo del ser permitiéndoles guiarme?
Terminaré con una cita de Henry David Thoreau animándole a ponerlo en práctica.
